La historia oculta del acuerdo de pocos impuestos para los ricos de Obama

Publicado: 2010-12-29

La hiperconcentración de riqueza en lo alto no inmuta a Barack Obama.

The tax cut pact the Obama administration announced, has angered a good many Americans. But the pact’s lavish generosity toward America’s rich should not have given anyone a surprise.

El paradigma de que una guerra contra la pobreza significaba "tomar los impuestos de aquellos que tenían dinero”, rechazado por los  líderes republicanos de EEUU, ahora es también rechazado por el "demócrata" Obama, resultando ser que el progreso social y económico ya no requiere de impuestos altos a los ricos, que el “tamaño de la tarta puede ser incrementado por invención, organización, inversión de capital, y política fiscal”: “la marea creciente levanta todos los barcos”. 

Se avecina una gran batalla sobre la actitud del Partido Demócrata hacia las grandes concentraciones de riqueza. ¿Continuarán los demócratas en el poder, haciéndoles guiños a los ricos que han destrozado la economía? O ¿tratarán de impedir su amasamiento de riqueza?

La historia oculta del acuerdo de impuestos de Obama

Sam Pizzigati · · · · ·25/12/10

 

 

 

El pacto de recorte de impuestos, de recorte fiscal, del gobierno de Obama, anunciado a principios de diciembre de 2010, a mortificado a muchos estadounidenses. Pero la pródiga generosidad hacia los estadounidenses ricos, no debe sorprender a nadie.

Mucha de la cháchara sobre el pacto de recorte fiscal que la Casa Blanca ha acordado con los republicanos del Congreso, ha girado entorno a las implicaciones a corto plazo del pacto, los dólares que extendiendo los recortes de impuestos de Bush dos años más–y declarando un año de “fiesta” fiscal a los impuestos para la Seguridad Social –irán a los bolsillos de EEUU.

Son en promedio–unos 77.000 $, de media, para cada norteamericano perteneciente al 1% más rico, y poco menos de 400 $ para los contribuyentes estadounidenses pertenecientes al 20% más pobre.

Pero el impacto más significativo del pacto, como señala el economista Paul Krugman, será casi seguro a largo plazo. Nos enfrentamos a “la creciente probabilidad de que los bajos impuestos para los ricos se hagan permanentes, dañando las políticas públicas durante las décadas venideras”.

Y con la creciente probabilidad, de que hayamos entrado en lo que el cofundador de Wealth for the Common Good, Chuck Collins, ha calificado como “espiral mortal hacia la plutocracia”. A mayor riqueza concentrada, más ricos utilizan esa riqueza –y poder– para reescribir nuestras reglas económicas y concentrar más, si cabe, los privilegios.

La Casa Blanca, en cambio, considera que no hay ningún peligro en la extensión de los recortes fiscales de Bush a los más ricos de los EEUU. Aparentemente, el presidente Obama calificó de “puristas” a aquellos que atacan su decisión de extender el recorte impositivo a los ricos.

 “Los estadounidenses”, se pronunciaba el presidente, “no me han elegido para librar batallas simbólicas o para ganar simbólicas victorias”.

Unos 60 años atrás, un presidente demócrata, predecesor de Obama, tomó exactamente la dirección opuesta. Aquel presidente, Harry Truman, se enfrentaba a una situación no muy diferente al embrollo al que se enfrenta hoy el presidente Obama.

Los victoriosos republicanos, tras las elecciones de 1946, demandaron recortes impositivos transversales que hubieran beneficiado principalmente a los más ricos. Truman rechazó seguir esa línea y vetó todos los recortes impositivos que le enviaban los legisladores republicanos. Los republicanos finalmente hicieron caso omiso de aquellos vetos. Pero Truman les hizo pagar.

 Truman repetía aquel año en su campaña por la reelección, “Los republicanos ayudan a los ricos y clavan un cuchillo en la espalda del pobre”.

Truman llegaría a un sorprendente grado de enfado. Su firme oposición a los recortes a los ricos le granjeó la confianza de la gente. Aquella gente y Truman, tras décadas de penuria económica, llegaron a compartir la misma perspectiva: Vastas concentraciones de riqueza privada ponen en peligro el bienestar de la nación.

Uno de los expertos más reverenciados de EEUU, el columnista Walter Lippmann, reflexionó sobre esta perspectiva en mayo del 37, después de la muerte de John D. Rockefeller. La nación, destacaba Lippman, nunca volvería probablemente a ver una fortuna tan grande como la de Rockefeller. El anciano Rockefeller, de 97 años, había vivido lo suficiente para ver los métodos por los cuales se puede acumular una fortuna reprobada por la opinión pública, prohibida por ley, y atajada por las leyes fiscales”.

En los EEUU, añadiría Lippman, “el sentir general se ha puesto por completo en contra de la excesiva acumulación privada de  riqueza”.

Truman comprendió esa realidad política. Él nunca hubiera extendido el acuerdo que anunció la Casa Blanca a principios de diciembre, nunca hubiera dicho que la lucha por controlar a los ricos es algo "meramente simbólico”. Eso hubiera sido impensable. 

Y eso plantea una interesante cuestión. ¿Cuándo un trato como el pacto de recorte impositivo de principios de diciembre de 2010, devino “pensable” para un presidente proveniente del Partido Demócrata? Irónicamente ese salto radical hacia lo “pensable” tiene sus raíces en los años de Truman.

Como Presidente, después de la Segunda Guerra Mundial, Truman se mantuvo sólido frente a la derecha en sus impuestos a los ricos. Pero en otros frentes, intentó suplantarla. Sus movimientos en esa dirección, empezando con la introducción de “juramentos de lealtad”, establecieron la base para la histeria del McCarthysmo que explota en 1950. 

La resultante “amenaza roja” enfrió el discurso político en EEUU. Los principales creadores de opinión  comenzaron a mantenerse alejados de cualquier postura que tuviera que ver con la lucha de clases. Pararon de hablar de los ricos. La acumulación y los ricos, opinaban, devinieron en una vieja historia. La lucha de clases en EEUU había acabado. "Para progresar", la nación necesitaba simplemente concentrarse en el “crecimiento” de la economía.

Para los principales políticos liberales, este énfasis en el “crecimiento” de la economía tuvo un gran atractivo. El crecimiento ofrecía una salida fácil al marco de la Guerra Fría. Cantando el mantra del crecimiento, podían hablar sobre progreso sin necesidad de tocar el tema de la desigualdad –y sin arriesgarse a ser tachados de izquierdistas o algo incluso peor.

Concediendo el estrellato al “crecimiento”, esos políticos podían aguantar las molestias de la Guerra Fría, como un historiador de la Universidad de Missouri señaló, “evadiendo las decisiones difíciles sobre la distribución de la riqueza y el poder en EEUU”.  

Al comienzo de los 60s, el presidente John F. Kennedy iría más allá en su preocupación por el crecimiento alejándose del ethos igualitario del New Deal. Altos impuestos a los ricos, proclamaba Kennedy, inhiben el crecimiento. Una economía “obstaculizada por impuestos restrictivos”, argumentaba Kennedy, “nunca producirá suficientes trabajos”.

La administración Kennedy envió al Congresos una propuesta para reducir los impuestos de EEUU en todos los ámbitos. La tasa impositiva máxima sobre los ingresos altos, que entonces afectaba al 91% sobre los 400.000 dólares, se reduciría al 65% bajo el plan de Kennedy. 

El Congreso aprobó finalmente la mayor parte de lo que Kennedy buscaba. En 1964, el año después de su muerte, su sucesor Lyndon Johnson firmó una ley que hacia caer los impuestos, de afectar con un máximo del 91%  a  afectar con un máximo del 70%.

Johnson no evidenció más interés en reducir impuestos. Johnson, a diferencia de Kennedy, había crecido políticamente en el Washington del New Deal. Tenía grandes sueños, de una “Gran Sociedad”, una “Guerra contra la pobreza”. Pero estos ecos del New Deal estaban reverberando ahora en un contexto político diferente.  

“Una generación antes”, un ya viejo Walter Lippman apuntaba en 1964, “se hubiera considerado como asumido que una guerra contra la pobreza significaba tomar los impuestos de aquellos que tenían dinero”. Pero los actuales líderes de EEUU han rechazado esa idea. Creían, observaba Lippman, que el progreso social y económico ya no requería de impuestos altos a los ricos, que el “tamaño de la tarta puede ser incrementado por invención, organización, inversión de capital, y política fiscal”. 

O, como el presidente Kennedy afirmó célebremente, “la marea creciente levanta todos los barcos”. 

Una generación política después, en 1981, el presidente Ronald Reagan seguiría el guión de Kennedy. Las tasas impositivas a las rentas más altas cayeron al 28% bajo Reagan, y Bill Clinton heredó finalmente, en 1993, una tasa del 31 %.

Como presidente, Clinton casi inmediatamente subió esa tasa mayor al 39’6%. Pero él nunca argumentó este incremento como un tipo de movimiento para reducir el tamaño de las grandes fortunas hacia una medida democrática. En su lugar hablaba de reducir el déficit. Las grandes fortunas nunca preocuparon a Clinton. 

“No somos gente que objete a nadie tener éxito”, declaraba.                             

Esta actitud sería la tendencia ideológica dominante en los círculos del Partido Demócrata a lo largo de los años de Bush. De alguna manera, el deseo del presidente Obama de extender los recortes de impuestos a los ricos, sin luchar, simplemente refleja estas décadas de vieja indiferencia entre los demócratas sobre la concentración de la riqueza.

Pero el paisaje político, en medio la Gran Recesión en EEUU, ha cambiado. Los peligros que como sociedad gatillamos, cuando apartamos la mirada de la persecución de las grandes fortunas se mantienen más vívidamente que en cualquier otro momento desde la Gran Depresión.

Respetados y reputados expertos y políticos en plataformas de opinión –premios Nobel como Joseph Stiglitz, ex altos cargos como Robert Reich– han estado vinculando estrechamente nuestros tiempos difíciles con lo que el politólogo de Yale Jacob Hacker llama “nuestra hiperconcentración en lo alto”.

A principios de diciembre, desafiando al recorte impositivo de la Casa Blanca, significativos cuadros y representantes del Partido Demócrata señalaron que ellos también están preocupándose ahora por la hiperconcentración.

De alguna manera, la desesperadamente necesaria batalla –sobre la actitud del Partido Demócrata hacia las grandes concentraciones de riqueza privada– por fin se ha dado. ¿Continuarán los demócratas en el poder, haciéndoles guiños a los ricos que han destrozado la economía? O ¿tratarán de impedir su amasamiento de riqueza?

Esto dependerá en gran medida de cómo se juegue esta nueva batalla.

Sam Pizzigati edita Too Much, el boletín semanal online sobre exceso y desigualdad, publicado por el Institute for Policy Studies con sede en Washington D.C.

Traducción para www.sinpermiso.info: Txomin Martino

Barack Obama a terminado favoreciendo, impositivamente,  a los ricos.

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Taxing Progressively

The History Behind the White House Tax Deal

December 11, 2010

The tax cut pact the Obama administration announced last week has angered a good many Americans. But the pact’s lavish generosity toward America’s rich should not have given anyone a surprise.

By Sam Pizzigati

Most of the chatter on the tax cut deal the White House has bargained out with GOP leaders in Congress has revolved around the deal’s short-term implications, the dollars that extending all the Bush tax cuts for two years — and declaring a one-year Social Security tax “holiday” — will move into America’s pockets.

Those dollars — about $77,000, on average, for every 2011 taxpayer in America’s richest 1 percent and just under $400 for average taxpayers in the bottom 20 percent — certainly do make for lively reading.

But the deal’s most significant impact, as economist Paul Krugman points out, will almost surely be long-term. We now face “the increased likelihood that low taxes for the rich will be made permanent, crippling policy for decades to come.”

And with this increased likelihood, we may have entered what Wealth for the Common Good co-founder Chuck Collins has just dubbed a “death spiral to plutocracy”: The more wealth concentrates, the more the rich use that wealth — and power — to rewrite our economic rules and concentrate privilege even more.

The White House, by contrast, sees no great danger at all in the extension of the Bush tax cuts to America’s richest. In appearances last week, the President dismissed as “purists” those attacking his willingness to make that extension.

“The American people,” the President pronounced, “didn’t send us here to wage symbolic battles or win symbolic victories.”

Over

60 years ago, a Democratic Party predecessor to President Obama took exactly the opposite tack. That President, Harry Truman, faced a situation not all that different from the imbroglio that confronts President Obama today.

Victorious Republicans, after the 1946 elections, were demanding across-the-board tax cuts that would mostly benefit the nation’s rich. Truman refused to go along and vetoed the tax cuts GOP lawmakers sent him. In 1948, Republicans finally overrode one of those vetoes. But Truman made them pay.

The GOP, Truman would repeatedly charge later that year in his campaign for re-election, “helps the rich and sticks a knife in the back of the poor.”

Truman would go on to score a stunning upset. His consistent opposition to tax cuts for the wealthy had earned him the public trust. That public and Truman, after decades of economic distress, had come to share the same perspective: Vast concentrations of private wealth endanger the national well-being.

America’s most revered political pundit, columnist Walter Lippmann, had reflected on that perspective back in May 1937, after the death of John D. Rockefeller.

The nation, Lippmann noted, would likely never see a fortune as grand as Rockefeller’s ever again. The 97-year-old John D. had “lived long enough to see the methods by which such a fortune can be accumulated outlawed by public opinion, forbidden by statute, and prevented by the tax laws.”

In the United States, Lippmann would add, “sentiment has turned wholly against the private accumulation of so much wealth.”

Truman understood that political reality. He would have never cut the deal that the White House announced last week — or dismissed the struggle to rein in the rich as something merely “symbolic.” That would have been unthinkable.

And that raises an interesting question. Just when did a deal like last week’s tax cut pact become “thinkable” for a Democratic Party President to make? Ironically, that political sea change in “thinkability” has its roots in the Truman years.

As President, after World War II, Truman did eagerly stand up to right-wingers on taxing the rich. But on other fronts, he tried to steal the right wing’s thunder. His moves in that direction, starting with the introduction of “loyalty oaths” in 1947, would set the stage for the hysteria of “McCarthyism” that exploded out in 1950.

The resulting “Red Scare” cast a deep chill over America’s political discourse. Mainstream opinion makers began steering clear of any stance that smacked of “class conflict.” They stopped talking about the rich. Robber Barons, they opined, had become ancient history. America’s class struggles had ended. To move forward, the nation needed simply to concentrate on “growing” the economy.

For mainstream liberal politicians, this emphasis on “growing” the economy had enormous appeal. Growth offered an easy way out of their Cold War box. By chanting the “growth” mantra, they could talk about progress without having to talk about inequality — and risk getting labeled a parlor pink or worse.

By granting “growth” star billing, these politicos could ride out the Cold War unpleasantness, as one University of Missouri historian has noted, “evading tough decisions about the distribution of wealth and power in America.”

In the early 1960s, President John F. Kennedy would take this preoccupation with growth another step further from the New Deal’s egalitarian ethos. High taxes on the rich, Kennedy proclaimed, inhibited growth. An economy “hampered by restrictive tax rates,” he argued, “will never produce enough jobs.”

The Kennedy administration would send Congress a proposal to cut America’s income taxes across the board. The top rate on high incomes, then 91 percent on income over $400,000, would drop to 65 percent under the Kennedy plan.

Congress would eventually approve most of what Kennedy sought. In 1964, the year after his death, his successor Lyndon Johnson would sign into law legislation that dropped the nation’s top tax rate from 91 to 70 percent.

Johnson would evince no further interest in cutting tax rates. LBJ, unlike Kennedy, had cut his political eyeteeth in New Deal Washington. He had grander dreams, a “Great Society,” a “war on poverty.” But these echoes of the New Deal were now reverberating in a fundamentally different political context.

“A generation ago,” an aging Walter Lippmann would note in 1964, “it would have been taken for granted that a war on poverty meant taxing money away from the haves.” But America’s current elected leaders had rejected that idea. They believed, Lippmann observed, that social and economic progress no longer required high taxes on wealthy people, that the “size of the pie can be increased by invention, organization, capital investment, and fiscal policy.”

Or, as President Kennedy had famously put it, “A rising tide lifts all boats.”

A political generation later, in 1981, President Ronald Reagan would follow the Kennedy script. Top tax rates, under Reagan, would fall to 28 percent, and Bill Clinton would eventually inherit, in 1993, a 31 percent top rate.

As President, Clinton would almost immediately get that top rate jacked up to 39.6 percent. But he never positioned that increase as any sort of move to trim the wealthy down to a more democratic size. He spoke instead about deficit reduction. Grand fortune would never trouble Clinton.

“We are not a people who object to others being successful,” he would note.

That attitude would remain the dominant ideological strain in Democratic Party circles throughout the George W. Bush years. In a sense, President Obama’s willingness to extend tax cuts to the wealthy, without a fight, merely reflects this decades-old indifference, among top Democrats, to wealth’s concentration.

But the political landscape, amid our Great Recession, has changed. The dangers we as a society invite when we turn a blind eye to the wild chase after grand fortune now stand out more vividly than at any time since the Great Depression.

Reputable and respected pundits and policy makers with mainstream platforms — Nobel laureates like Joseph Stiglitz, former top officials like Robert Reich — have been rigorously linking our current hard times to what Yale political scientist Jacob Hacker calls our “economic hyperconcentration at the top.”

Last week, by challenging the White House tax cut deal, significant numbers of Democratic Party lawmakers served notice that they’re now worrying about that hyperconcentration, too.

In a sense, a desperately needed battle — over the Democratic Party’s attitude toward grand concentrations of private wealth — has at long last been joined. Will Democrats in positions of power continue to wink at the wealthy who have wrecked the economy — or dare to curb their wealth amassing?

That will depend, in large part, on how this new battle plays out.

Sam Pizzigati edits Too Much, the online weekly on excess and inequality published by the Washington, D.C.-based Institute for Policy Studies. Read the current issue or sign up to receive Too Much in your email inbox.