#SinCienciaNoHayFuturo

La pobreza de los jornaleros agrícolas y fabriles migrantes de la costa oeste de EEUU

Publicado: 2011-07-05

Homeless people receive bags of food  in a van from the San Benito County Community Food Bank on Silicon Valley.

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Alrededor de la alta tecnología

El hambre acecha en Silicon Valley

Una de las grandes contradicciones de la pobreza en Estados Unidos es que la gente que pasa su vida produciendo la comida que consumen millones de personas en todo el país, es la gente que normalmente no tiene para comer.

Personas en situación de calle buscan alimento en el "banco de comida" (San Benito County Community Food Bank)

HOLLISTER, CA – 4 JUNE 11 – Homeless people receive bags of food near the railroad tracks downtown, not far from the hillside where many of them sleep. The food is brought in a van from the San Benito County Community Food Bank. Unemployment in San Benito County is 20%, twice the state average.

 

Valle de San Benito, California. Cada año, cuando llega la primavera, las familias toman su camioneta en el Valle de Río Grande, Texas, o en el Valle de Río Salado, Arizona, y se dirigen a Hollister. Por generaciones, familias han migrado anualmente para conseguir trabajo en la enlatadora San Benito Foods; o para trabajar con las máquinas que enlatan ahí mismo en los campos locales de jitomate.

Este año, dicen Harley y Emilio Delgado, el trabajo fue muy lento.

“La semana pasada pizcamos duraznos. Es el clima, ha llovido mucho y no hace calor”, dice Harley. Ambos viven en el campo de trabajadores migrantes, instalado al sur del pueblo en los años 40, para albergar la mano de obra que necesitaban los rancheros locales. Actualmente, una parte del campamento consiste en tráileres, y otra parte son edificios construidos después de la guerra.

Cada sábado, Israel Bañuelos saca su camioneta del estacionamiento ubicado al otro lado de Hollister, detrás de la bodega que alberga al banco de comida del condado. La camioneta va llena de comida, y el campamento es su primera parada. Los hermanos Delgado están entre toda la gente que se forma.

Una de las grandes contradicciones de la pobreza en Estados Unidos es que la gente que pasa su vida produciendo la comida que consumen millones en las ciudades de todo el país, es la gente que normalmente no tiene para comer.

En el campo de los migrantes, los jornaleros agrícolas y de las enlatadoras necesitan la camioneta de la comida en parte porque su trabajo es lento. “Incluso cuando ya no hay trabajo, quedan muchas familias que esperan las bolsas de la comida”, dice Bañuelos, “a veces hay más personas de las que hay hoy. La gente realmente lo necesita. No sé qué harían si no vinieran cada semana. Siento que hago algo importante, que les ayudo a sobrevivir”.

El condado de San Benito está justo al sur del Valle del Silicon. Conforme se va hacia el sur, las grandes plantas de electrónicos y los complejos en desarrollo de sus empleados van desapareciendo gradualmente. En su lugar aparecen campos de lechuga y tomate, así como árboles de durazno y nueces.

Algo más también cambia

Conforme las comunidades se vuelven más rurales, y los jornaleros se multiplican, la gente empobrece. En el 2009, el promedio de ingreso anual en el condado de Santa Clara –donde está el Valle del Silicon– fue de 94 mil 715 dólares. El Valle del Silicon tiene su propia pobreza-no-tan-escondida, sin embargo, el nivel de vida urbana, especialmente en el centro de la industria hi-tech, es mucho más alto que el del condado San Benito. En éste último, el ingreso promedio en el 2009 era de una tercera parte de lo que se gana en el Valle del Silicón, es decir, 37 mil 623 dólares. En abril del 2010, cuando la recesión llevó el desempleo estatal hasta el 12 por ciento, el índice en Santa Clara fue del 10 punto tres por ciento, mientras que el de San Benito fue exactamente el doble: 20 punto seis por ciento.

Cuando el banco comunal de comida del condado de San Benito abrió hace 20 años, como despensa comunitaria, daba servicio a 35 familias. El año pasado entregó semanalmente mil 750 bolsas a cinco mil personas. La mitad eran niños, muchos provenientes de familias que trabajan en los campos.

Cuando la camioneta sale del campo de migrantes se dirige de vuelta al pueblo, a los apartamentos Rancho. Estas casas subsidiadas fueron construidas tras los cambios políticos que causó el movimiento de jornaleros entre 1960-1970.

Durante esos años, en las alturas del sindicato de trabajadores agrícolas unidos, Hollister era un punto clave del sindicato. José Luna (conocido en inglés como Joe Moon), era un trabajador agrícola bajito y modesto, que se convirtió en el mejor organizador del sindicato. Llegó a Hollister a finales de 1960, y organizó a miles de recolectores de uvas en lo que llegó a ser la más grande compañía vinícola del mundo: Viñedos Almaden. Cuando Luna se fue, su legado no era sólo un contrato, sino un sindicato gestionado por sus propios integrantes.

Cada septiembre, cuando comienza la vendimia de la uva en los campos de Paicines, a media hora hacia el sur, cientos de hombres y mujeres se dirigen a la pequeña oficina del sindicato, ubicada en la Segunda calle de Hollister. Ahí, el comité del rancho, normalmente encabezado por Roberto San Román, envía a los trabajadores a los campos. La oficina era administrada por trabajadores. El contrato del sindicato impulsó tarifas a destajo. Así, una familia trabajando en la temporada de nueve semanas en Almaden podría ganar lo suficiente como para volver a Texas y Arizona y salir adelante durante el tiempo muerto del invierno, mientras llegaba la primavera.

Actualmente los viñedos en Paicines son tan grandes como siempre, pero los viñedos Almaden son apenas un recuerdo. La compañía despareció en 1980. En el lugar de trabajo del sindicato, contratistas contratan a trabajadores para la vendimia. Las tarifas a destajo cayeron. La mayoría de los trabajadores de hoy día eran niños cuando cerró la oficina del sindicato. Sólo algunos hombres mayores que recogen bolsas de comida en el campo de migrantes, como Julio Cervantes o José Manzo, son los suficientemente viejos como para recordar. La mayoría no lo son. Aun cuando el resurgimiento del poder latino, el cual inició el sindicato, es responsable por las casas en lugares como los apartamentos Rancho, la gente joven que recoge las bolsas de comida no tiene forma de recordarlo.

El banco de comida se preocupa por esos niños 

“Cuando los jóvenes sólo tienen fideos, pan o galletas para cenar, como muchos acá, no van bien en la escuela”, dice el sitio de internet. “Así es como muchas familias en pobreza viven ahora, confiando en una dieta basada en carbohidratos, que llena pero es pobre nutricionalmente.” Las bolsas de comida contienen pan, incluso panqués, pero también llevan lechuga, naranjas y alimentos que no provocan la obesidad infantil. Cuando la camioneta de Bañuelos está vacía, regresa a la bodega.

Una parte distinta de historia

En la tarde, cuando la camioneta sale de nuevo, esta vez para encontrar a la gente sin casa, quienes viven bajo los árboles, cerca de las vías o en alguna colina que mira hacia el centro. Los hombres viejos que toman las bolsas no provienen de familias de jornaleros agrícolas. La conversación que tiene mientras esperan la comida devela una parte distinta de la historia de la clase trabajadora del condado de San Benito.

Peewee Rabello es uno de los primeros en la fila. “Mi hijo Manuel”, declara, “maneja un gran camión, y su hijo, también llamado Manuel, ha comenzado a manejar. Llevamos diez generaciones de Manueles en nuestra familia, y todos han sido conductores de camiones. Tengo una foto de mi tatarabuelo, ya olvidé cuántos “tátara” hay, y está a un lado del primer modelo de camones T, con plataforma detrás”. Además de choferes, la familia Rabello también ha trabajado en la principal empresa del condado por muchos años, la mina. Lo mismo la familia de Gene Castro, amigo de Rabello, quien permanece detrás de él en la fila. La Nueva compañía minera Idria Qulcksilver operó durante un siglo la segunda mina más grande de mercurio en el país en Nueva Idria, y cerró definitivamente en 1972. En su época más fuerte contrató a cientos de mineros.

“Mi tatarabuela era ciega”, recuerda Rabello, “pero comenzó a trabajar en la mina como cocinera y lavaba las ropas de los mineros. Me asombra cómo podía hacer todo eso, pero en aquellos tiempos era lo único que podía haber hecho para ayudarse. Cuando era pequeño me tomaba de la mano y me ayudaba a cruzar la calle. Nunca tuve miedo. Ella sabía cuándo venían carros, supongo que los escuchaba”.

Actualmente la mina es un fantasma en las colinas del sur de los Paicines, entre los valles de Salinas y San Joaquín. La mitad de sus edificios abandonados se incendiaron hace algunos años. Está en la lista del súper fondo EPA porque las aguas contaminadas con mercurio provenientes de los pozos cerrados se filtraron al arroyo San Carlos, de ahí se fueron al río San Joaquín y luego a la Bahía de San Francisco. Además de esto, piedras de Nueva Idria contienen muchos restos de fibras cortas de asbesto.

Las familias Rabello y Castro, como la de otros mineros, deben haber padecido muchas enfermedades en esos cien años. El mercurio es un veneno, y provoca daños al sistema nervioso. Trabajadores que han tenido contacto con el asbesto contraen el mesotelioma, un cáncer de pulmón, doloroso y mortal.

Los descendientes de esas familias de mineros, como Peewee y Gene, no tienen casa ni trabajo, y muchas veces no tienen qué comer. Cuando la camioneta viene cada sábado, dependen de lo que contenga la bolsa para sobrellevar la situación por los próximos siete días.

Rabello no recibe la bolsa de forma pasiva. Abre su cartera y saca una por una cartas cuidadosamente dobladas. En pequeños y concisos textos demanda que los congresistas y otros oficiales locales voten un programa nacional de salud.

“Necesitamos algún tipo de medicina social” dice Rabello, “para que la gente pobre pueda acceder a ella”.

Él sabe que estos son días de cortes presupuestales, pero eso no lo perturba. “Voy a seguir escribiendo”, dice, “no importa lo que me tome.”

De la misma cartera saca la tarjeta de los ministerios de camioneros, “rezo también por ello”, dice él.

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http://www.pinnaclenews.com/content/img/f272589/7.27cannery2c.jpg

San Benito County wineries, one of the "hidden treasures" of California's Wine Country.

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Farmworkers harvesting lettuce Photo: Annie Tritt/New York Times

 

           

Farm Workers in Hollister Labor Camps

The Campo Rojo (Red Camp) is a labor camp for farmworkers, operated by labor contractor John Hernandez. Most of the workers living in this camp are Mixtec, Triqui or other indigenous migrants from southern Mexico. Two workers relax in the camp after work.

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dbacon.igc.org/Imgrants/laborcamps01.html

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Farm Workers in Hollister Labor Camps

The Campo Quintero (Quintero Camp) is a labor camp for farmworkers, operated by labor contractor Hope Quintero. Most of the workers living in this camp are Mixtec, Triqui or other indigenous migrants from southern Mexico. Pedro Romero is a young Mixtec man from Puebla.

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Farm Workers in Hollister Labor Camps

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http://media.namx.org/images/editorial/2011/06/0617/d_bacon_hunger/d_bacon_hunger_500x279.jpg

New America Media, News Report, David Bacon, Posted: Jun 20, 2011

South of Silicon Valley

Hunger Haunts California Town

Every year when the spring comes, families get in their big pickup trucks in the Rio Grande Valley in Texas, or the Salt River Valley in Arizona, and head for Hollister.  Generations of families have made the annual migration to get jobs in the San Benito Foods cannery, or in the local fields on the machines harvesting the tomatoes that get canned there. 

David Bacon

Homeless People Get Food from the Hollister Food Bank

No 1

Ligas Cómo la globalización provoca la migración y criminaliza a los inmigrantes. (Beacon Press, 2008) Foto-reportaje sobre migración indígena en los Estados Unidos. (Cornell University/ILR Press, 2006) Los niños de NAFTA, la Guerra del Trabajo en la frontera México- Estados Unidos.

California. Every year when the spring comes, families get in their big pickup trucks in the Rio Grande Valley in Texas, or the Salt River Valley in Arizona, and head for Hollister.  Generations of families have made the annual migration to get jobs in the San Benito Foods cannery, or in the local fields on the machines harvesting the tomatoes that get canned there. 

This year, say Harley and Emilio Delgado, work has been really slow.

“Last week we were picking apricots.  It’s the weather – it’s been raining a lot, and not really warm,” according to Harley.  The two live in the migrant worker camp, set up just south of town in the 1940s to house the field labor needed by local ranchers.  Today part of the camp consists of trailers, and other part buildings built after the war.

Every Saturday, Israel Bañuelos pulls his truck out of a parking lot on the other side of Hollister, behind the warehouse that houses the county food bank.  The truck is filled with bags of food, and the camp is his first stop.  The Delgado brothers are among the many that line up.

In one of the great contradictions of American poverty, people who spend their working lives producing the food consumed by millions in cities all over the country often don’t have enough to eat themselves. 

Here at the migrant camp, farm workers and cannery workers need the truck’s food partly because work is slow.  “But even when there’s more work, there are still lots of families here waiting for bags of food,” Bañuelos says, “sometimes more than there are today.  People really need it.  I don’t know what they’d do if we didn’t come every week.  I feel I’m doing something important, helping them to survive.”

San Benito County is just south of Silicon Valley.  As you drive south, the big electronics plants and the sprawling developments that house their workers live, gradually disappear.  In their place spread fields of lettuce and tomatoes, and orchards of apricots and walnuts. 

Something else changes too. 

As communities get more rural, and farm workers make up more of the population, people get poorer.  In 2009 the average yearly income in Santa Clara County – home of Silicon Valley – was $94,715.  Silicon Valley has its own not-so-hidden poverty, but the urban standard of living, especially in the country’s premier high-tech industrial center, is much higher than San Benito County.  Here the average wage in 2009 was a third of Silicon Valley — $37,623.  In April last year, when the recession boosted state unemployment to 12%, Santa Clara’s rate was 10.3%.  San Benito County’s unemployment rate was exactly double – 20.6%.

When the San Benito County Community Food Bank opened twenty years ago as the Community Pantry, it served 35 families.  Last year it handed out 1750 bags a week to over 5000 people.  Half of them are children, many from families who work in the fields.

After the truck leaves the migrant camp, it heads back towards town, to the Rancho Apartments.  These subsidized homes were built in the wake of the political changes brought by the farm worker movement of the 1960s and 70s. 

During those years, at the height of the United Farm Workers, Hollister was a union stronghold.  Jose Luna (known in English as Joe Moon), was a short, unassuming farm worker who became one of the union’s best organizers.  He came to Hollister in the late 1960s, and organized the thousand grape pickers at what was then one of the largest wine companies in the world – Almaden Vinyards.  When Luna left, his legacy wasn’t just a contract, but a union the workers ran themselves.

Every September when the grape harvest started in the fields of Paicines, a half-hour south, hundreds of men and women would descend on the tiny union office on Hollister’s Second St.  There the ranch committee, usually headed by Roberto San Roman, would dispatch workers out to the fields.  The office here was run by the workers.  The union contract boosted piecerates, and a family working the nine-week season at Almaden could earn enough to get  back to Texas or Arizona, and make it through winter’s dead time until the following spring.

Today the vinyards at Paicines are as extensive as ever, but Almaden Vinyards is hardly a memory.  The company disappeared in the 1980s.  In the place of the union dispatch hall, labor contractors hire workers for the harvest.  Piecerates have dropped.  Most farm workers today were small children when union office closed.  A few older men getting bags of food at the truck in the migrant camp, like Julio Cervantes or Jose Manzo, are old enough to remember.  But most are not.  And while the upsurge in Latino power that the union started is resposible for the housing in places like the Rancho Apartments, the young people who collect the bags of food out in front have no way to remember that.

The food bank worries about those kids. 

“When youngsters have just noodles, bread or crackers to eat for dinner, as many here do, they cannot perform well in school,” its website says. “This is how many families in poverty must live today, relying on carbohydrate-based food that’s filling but very low in nutrition.”  The bags of food on the truck have bread, and even muffins, but they also have lettuce, oranges and food that won’t cause as much child obesity.

After Banuelos’ truck is empty, he drives it back to the warehouse. 

A Different Slice of History

In the afternoon, the truck goes out again, this time to find the homeless people living under the trees near the railroad tracks, on a hill overlooking downtown.  The old men who get their bags there are not from farm worker families.  Their conversation as they wait for food reveals a different slice of San Benito County’s working class history.

Peewee Rabello, Sr. is one of the first in line. 

“My son Manuel,” he declares, “drives a big rig truck, and his son, who’s also named Manuel, just started driving one too.  We’ve had ten generations of Manuels in our family. They’ve all been truck drivers.  I have a picture of my great great grandfather – I forget how many greats there are – next to one of the first Model-T trucks, with a flatbed on the back.”

In addition to driving trucks, Rabello’s family also worked in what was the County’s main enterprise for many years — its mine.  So did the family of Gene Castro, Rabello’s friend who stands behind him in the food bag line.  The New Idria Quicksilver Mining Company operated the country’s second-largest mercury mine in New Idria for a hundred years, finally closing it in 1972.  When it was going strong, it employed hundreds of miners.  

“My great great grandmother was blind,” Rabello remembers, “but she worked at the mine as a cook and washed the miners’ clothes.  I’m amazed she could do all that, but in those days, it was the only way she could support herself.  When I was s a little boy she’d hold my hand and help me cross the road.  I was never afraid.  She could tell when there were cars coming, I guess by hearing them.”

Today the mine is a ghost town in the hills south of Paicines, between the Salinas and San Joaquin Valleys.  Half its abandoned buildings burned to the ground a few years ago.  It is on the EPA Superfund list because mercury-laden water from the closed shafts seeps into the San Carlos Creek, and from there into the San Joaquin River and San Francisco Bay.  In addition, rocks at New Idria contain lots of short-fiber asbestos. 

The Rabello and Castro families, like those of other miners, must have suffered a great deal of illness over those hundred years.  Mercury is a poison, and causes Minimata disease and other forms of nerve damage.  Workers who come into contact with asbestos contract mesothelioma, a painful and fatal form of lung cancer. 

Now descendents of those mining families, like Peewee and Gene, have no homes, no jobs, and often, not enough to eat.  When the truck comes out every Saturday, they depend on the bags it carries to make it through the next seven days.

Rabello is not a passive food recipient, though.  He opens his wallet, and pulls out one carefully folded letter after another.  In tiny, dense text, each demands that Congressmen and other local officials vote for a national health care program. 

“We need some kind of socialized medicine,” Rabello says, “so poor people can get it.” 

He knows these are the days of budget cuts, but that doesn’t faze him.  “I’m going to keep writing,” he says, “no matter what.” 

Out of the same wallet he then pulls the card of the Truckstop Ministries.  “I pray for it too,” he says.

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( // September 16, 2010 - Photo by Kevork Djansezian/Getty Images North America)

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Norma Lopez pushes cart full of groceries out the World Harvest food bank on September 17, 2010 in Los Angeles, California. For a nominal donation or an exchange of a few hours of work people can receive a cart full of groceries. The U.S. poverty rate increased to a 14.3 percent in 2009, the highest level since 1994.

( // September 16, 2010 - Photo by Kevork Djansezian/Getty Images North America) http://www.zimbio.com/pictures/n30UdGI-vdg/Poverty+Rate+Rises+15+Year+High/gntjTFyYwk6/Norma+Lopez

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Poverty Rate Rises To 15 Year High

 

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In This Photo: Norma Lopez, Jaime Ramirez

 

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malcolmallison

Biólogo desde hace más de treinta años, desde la época en que aún los biólogos no eran empleados de los abogados ambientalistas. Actualmente preocupado ...alarmado en realidad, por el LESIVO TRATADO DE (DES)INTEGRACIÓN ENERGÉTICA CON BRASIL ... que a casi ning


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